Quizá me siente a rayar tapices. Y estaré seguro de que no haré nada estúpido con tal de que no me dispare. Imaginese esa escena usted. Su dedo se desliza con suavidad sobre el borde pulido del revólver, sobre ese negro opaco y lo eleva para arrastrar el martillo. Hace clic y usted y yo sabemos que está listo. Se devuelve con su dedo por el camino ya transitado y cuando se encuentra cómodo, entonces, sólo entonces estira su índice, lo introduce con temor en la guarda y lo aterriza sobre el gatillo. Por un momento lo asalta la duda pero recuerda el camino para llegar hasta acá. Recuerda lo decidido que estaba más temprano esta mañana. Cuando recordó que hoy era el día. Envalentonado hala desde lo profundo de su alma y lo hace de forma continua hasta que la resistencia se quiebra y para cuando vuelve a parpadear, le queda una nube de humo y pólvora quemada sobre las yemas de los dedos. Un chillido en los oídos lastimados y salpicadura de cráneo, sesos, sangre y piel sobre la cara. Yo por mi parte estaré iniciando una travesía. Desmimismandome. Estaré derramandome por el orificio de entrada y retirándome por el de salida. Estaré abandonando ese cuerpo que ya no sirve. Intentaré invadir otro. Tomaré mis pertenencias más cercanas mientras ese cuerpo torpe se estrella contra el piso y yace inmóvil un río carmesí sale por el cráter del impacto. Para cuando ya esté seco, estaré lejos. Quizá fume un cigarrillo en Guangdong, o esté remangandome los pantalones en Bandung. Sea como sea, estaré lejos. Muy lejos. Y eso a usted ni a mi nos interesa. Así que deje de apuntarme con eso y vayase para el colegio que no quiero malas notas suyas.
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