Quizá me siente a rayar tapices. Y estaré seguro de que no haré nada estúpido con tal de que no me dispare. Imaginese esa escena usted. Su dedo se desliza con suavidad sobre el borde pulido del revólver, sobre ese negro opaco y lo eleva para arrastrar el martillo. Hace clic y usted y yo sabemos que está listo. Se devuelve con su dedo por el camino ya transitado y cuando se encuentra cómodo, entonces, sólo entonces estira su índice, lo introduce con temor en la guarda y lo aterriza sobre el gatillo. Por un momento lo asalta la duda pero recuerda el camino para llegar hasta acá. Recuerda lo decidido que estaba más temprano esta mañana. Cuando recordó que hoy era el día. Envalentonado hala desde lo profundo de su alma y lo hace de forma continua hasta que la resistencia se quiebra y para cuando vuelve a parpadear, le queda una nube de humo y pólvora quemada sobre las yemas de los dedos. Un chillido en los oídos lastimados y salpicadura de cráneo, sesos, sangre y piel sobre la cara. Yo por mi parte estaré iniciando una travesía. Desmimismandome. Estaré derramandome por el orificio de entrada y retirándome por el de salida. Estaré abandonando ese cuerpo que ya no sirve. Intentaré invadir otro. Tomaré mis pertenencias más cercanas mientras ese cuerpo torpe se estrella contra el piso y yace inmóvil un río carmesí sale por el cráter del impacto. Para cuando ya esté seco, estaré lejos. Quizá fume un cigarrillo en Guangdong, o esté remangandome los pantalones en Bandung. Sea como sea, estaré lejos. Muy lejos. Y eso a usted ni a mi nos interesa. Así que deje de apuntarme con eso y vayase para el colegio que no quiero malas notas suyas.
martes, 30 de agosto de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
Wayne
Lo juro fue una historia de Wayne.
Cerca de la media noche, con ese invierno pesado
que estaba por todas partes sitiamos el pueblo.
Yo me paré frente a la iglesia, me persigné y
me volví para apreciar la paz que flotaba y la nieve que caía.
Mis hombres, quince a izquierda y quince a derecha me miraban
con los ojos abiertos como perros sabuesos.
-¡Traiganlos, ahora!-
dieron media vuelta y corrieron hacía las casas donde esas pequeñas
ratas dormían. Los que se quedaron cuidando de mí alzaron sus rifles
y los descargaron iluminando la oscuridad de la noche.
Las luces se empezaron a encender mientras traían a los miserables a mis pies.
A la distancia se escuchaban gritos de muejeres y llantos de niños mientras
mis hombres arrastraban a los traidores sobre la nieve.
mis hombres arrastraban a los traidores sobre la nieve.
Una vez los tuve a todos frente a mí, les leí los derechos que el
Quinto Estado del Barbarossa les otorgaba en calidad de traidores a
la patria. Una vez terminé de leer ese cuento infantil para señoritas,
di la orden para que se formara un pelotón dandole la espalda la
sublime puerta de antaño, que protegía del frío a la sagrada Iglesia
del Kiev, que tanta mística la rodea. Por eso mismo quise que fuera aquí.
Para que Dios viera que existen hombres como yo que luchamos por hacer
de su creación, la más perfecta obra de arte. Así, si morimos, se nos abrirán
las puertas del reino celestial por haber dado lo mejor de nosotros por el futuro
de nuestra nación, por nuestras familias y por Dios.
¡Sentenciados!
Siguiendo el estatuto firmado en la ciudad de Legrad,
el día 22 de Enero de **62 se prosigue con la ejecución
haciendo uso de los medios con los que se valga la
muy honorable y respetuosisima autoridad que para el caso
de ustedes se encarna en mi persona.
Por consiguiente, siendo fruto de mi decisión, ordeno
a mis hombres de confianza que abran fuego cuando lo indique
y como muestra de misericordia, les pediré que apunten a los cráneos
primero, para no tener que presenciar ese macabro gemir de un
cuerpo moribundo mientras se desangra.
No habiendo más recomendaciones, ni nada más que agregar...
Los sentenciados pueden decir sus últimas palabras.
...
Muy conmovedor, si tuviera esa cosa que llaman corazón en el pecho.
Pero como bien se sabe, un buen soldado del régimen no ríe ni llora.
¡Atención!
¡Carguen!
¡Apunten!
¡Fuego!
miércoles, 17 de agosto de 2011
Huesos
La llama dentro del vaso alumbraba pobremente la azotea en la candelaria.
El frío debería estar por ahí pero no lo recuerdo tanto. Recuerdo cuando el sol se iba hundiendo -si Federico- en el horizonte y como esa cerveza se metía entre mis ideas y las bobadas que decía. Y para cuando el sol se había hundido del todo, y la oscuridad y el silencio se apoderaron de los espacios que no ocupabamos -que eran muchos supongo- lo mejor de esa galanería rechinante y trastocada, recorrida y abusada se alineó para dar en el blanco que se abría como una diana frente a mí. La propuesta, dame un beso. Y la respuesta, malditos días aquellos, en su momento no me disgustó. Pero una vez se acaba todo y queda ese óxido sobre lo que fueron superficies pulidas, es posible analizar con sensatez los episodios quemados. La respuesta entonces fue -si te dejas sorprender- brígido -en su momento- pero estúpido -siendo honestos-. Como será posible que ante la naturaleza del encuentro. Del episodio, con el hambre de lo que fuera querer, con tantos cuchicheos aquí y allá, después de canciones repetidas y reregaladas, después de timidas sonrisas, después de tanto, o más bien poco, después de lo que quizá no haya sido y fuera, habiendo gastado alrededor de 4 horas y dinero en cuantía diciendo sandeces, quizá quizá ese beso sería lo único que no sorprendería en la noche que se derramaba sobre las pieles pálidas. Y entonces, la manía -maldito pirulín- de actuar un poco en situaciones incomodas, o de actuar incomodo en pocas situaciones -ya ni recuerdo que macana quería decir- me arrastra obligado y sumiso a fingir sorpresa una vez puso sus labios sobre los míos -por fin carajo!- Y ahí empezó la cadena de malas decisiones. Seamos honestos, quién finge un beso, finge un amor.
martes, 16 de agosto de 2011
la última gota
Adios partí.
Me llevo conmigo toda la ropa.
Hace buen sol y casi cae la aurora.
Tomé una pizca de tu magia
Y otras cosas.
una prenda con tu aroma.
No es justo dejar esta nota.
Ya sólo me quedan las sombras
y un puñado de letras lloronas.
Pero aquí estoy hablando de esta forma
ya ves, soy un tonto que riega rosas marchitas.
Quizá no deba contarte lo que hay detrás
de mis notas.
Quizá sólo debas escuchar la melodía que arropa
esta tarde.
Y mi fé, la dejo debajo de tus uñas para que
para que rompa las olas.
Tengo una herida con la que comulgas a solas.
Gira la perilla, que en la estufa estan
mis deseos aún calientes
para que los seques antes de que se quiebren.
Me encontré con la tristeza en la colina
me sentaré en la llanura entre las rosas.
martes, 9 de agosto de 2011
Aclaraciones
Este arte quizá no salve a nadie,
más bien es posible empuje a unos cuantos,
servirá de excusa para las tardes tristes
y será conveniente con un café,
convencerá con el humo de un cigarrito
y confirmará la soledad de los días.
Afirmará tantos miedos ocultos y olvidados.
A lo mejor no es uno de esos de los que ascienden,
seguramente bajará peldaños hacía el vacío y el silencio.
Sus pretensiones seran las huellas del viento, a lo mejor.
Para obtenerlo es necesario una medida de tristeza,
media de amor, un cuarto de desesperanza y un octavo de de dolor.
Una vez se pone todo junto, realidad e imaginación caminan
de la mano. Estrechando con fuerza la rabia de los muertos
vivientes con los mimos de la calle, doblando cada uno de
los sentimientos, quebrandolos una y otra vez hasta hacerlos
cenizas.
Defendiendo nada y más bien poco, defendiendo lo indefendible
aferrandose a lo inocuo, ahogandose con gracia, pudriendose con voluntad propia.
Detallando la muerte misma, sentada frente a un espejo.
Implicando a los desentendidos, a los callados.
A los que la voz se la quitó la brisa, los muertos o los ancianos.
¿Pero ofrecer?
De eso si no se tiene un carajo
más bien es posible empuje a unos cuantos,
servirá de excusa para las tardes tristes
y será conveniente con un café,
convencerá con el humo de un cigarrito
y confirmará la soledad de los días.
Afirmará tantos miedos ocultos y olvidados.
A lo mejor no es uno de esos de los que ascienden,
seguramente bajará peldaños hacía el vacío y el silencio.
Sus pretensiones seran las huellas del viento, a lo mejor.
Para obtenerlo es necesario una medida de tristeza,
media de amor, un cuarto de desesperanza y un octavo de de dolor.
Una vez se pone todo junto, realidad e imaginación caminan
de la mano. Estrechando con fuerza la rabia de los muertos
vivientes con los mimos de la calle, doblando cada uno de
los sentimientos, quebrandolos una y otra vez hasta hacerlos
cenizas.
Defendiendo nada y más bien poco, defendiendo lo indefendible
aferrandose a lo inocuo, ahogandose con gracia, pudriendose con voluntad propia.
Detallando la muerte misma, sentada frente a un espejo.
Implicando a los desentendidos, a los callados.
A los que la voz se la quitó la brisa, los muertos o los ancianos.
¿Pero ofrecer?
De eso si no se tiene un carajo
martes, 2 de agosto de 2011
¿Para qué?
Este arte quizá no salve a nadie,
más bien es posible empuje a unos cuantos,
servirá de excusa para las tardes tristes
y será conveniente con un café,
convencerá con el humo de un cigarrito
y confirmará la soledad de los días.
Afirmará tantos miedos ocultos y olvidados.
A lo mejor no es uno de esos de los que ascienden,
seguramente bajará peldaños hacía el vacío y el silencio.
Sus pretensiones seran las huellas del viento, a lo mejor.
Para obtenerlo es necesario una medida de tristeza
media de amor, un cuarto de desesperanza y un octavo de de dolor.
Una vez se pone todo junto, realidad e imaginación caminan de la mano.
Estrechando con fuerza la rabia de los muertos vivientes con los mimos de la calle,
doblando cada uno de los sentimientos,
quebrandolos una y otra vez hasta hacerlos cenizas.
Defendiendo nada y más bien poco, defendiendo lo indefendible aferrandose a lo inocuo,
ahogándose con gracia, pudriéndose con voluntad propia.
Detallando la muerte misma, sentada frente a un espejo.
Implicando a los desentendidos, a los callados.
A los que la voz se la quitó la brisa, los muertos o los ancianos.
¿Pero ofrecer?
De eso si no se tiene un carajo
más bien es posible empuje a unos cuantos,
servirá de excusa para las tardes tristes
y será conveniente con un café,
convencerá con el humo de un cigarrito
y confirmará la soledad de los días.
Afirmará tantos miedos ocultos y olvidados.
A lo mejor no es uno de esos de los que ascienden,
seguramente bajará peldaños hacía el vacío y el silencio.
Sus pretensiones seran las huellas del viento, a lo mejor.
Para obtenerlo es necesario una medida de tristeza
media de amor, un cuarto de desesperanza y un octavo de de dolor.
Una vez se pone todo junto, realidad e imaginación caminan de la mano.
Estrechando con fuerza la rabia de los muertos vivientes con los mimos de la calle,
doblando cada uno de los sentimientos,
quebrandolos una y otra vez hasta hacerlos cenizas.
Defendiendo nada y más bien poco, defendiendo lo indefendible aferrandose a lo inocuo,
ahogándose con gracia, pudriéndose con voluntad propia.
Detallando la muerte misma, sentada frente a un espejo.
Implicando a los desentendidos, a los callados.
A los que la voz se la quitó la brisa, los muertos o los ancianos.
¿Pero ofrecer?
De eso si no se tiene un carajo
¿Y el invierno qué?
Dime una palabra y te haré un poema -dice el anciano-
Las palomas tu sabes, Viven en Londres, tu sabes -agrega-
Mira a su gata suicida mientras dibuja peces en las paredes
mientras odia sus letras y escucha salsa.
El frío lo arrincona, lo abandona a sí mismo.
Lo tira a una jauría hambrienta que se sabe
es su psicosis.
Ella estará bailando un vals rimbombante,
con un rubio simple y apagado.
Sonreirá hipocritamente mientras piensa
en la vida del psicótico, de sus mundos paralelos.
Anhelará un caricia de esa tez marchita,
un cumplido a sus aclamadas piernas.
Deseará no haber enfríado la tierra esa.
Dejando a los gatos maullando.
Él se acercará a la ventana.
El horizonte fastidioso se abrirá ante sí.
Querrá partirlo en dos,
querrá, al poco tiempo, dejarlo intacto,
porque, siendo honestos que más da.
Ella se acordará de las tardes que mafalda miraba con disimulo.
De la empedrada que lo lleva a él. Y en el fondo la melodía.
La música es suave, simple,insípida.
No como la de casa, la de la casa de él.
Esa que hace que burdamente su vientre vibre con una rabia inexplicable
y la llene del deseo ese que emanan de sus brazos.
El recuerdo de tu cariño, ay, conmigo esta acabando.
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