Este arte quizá no salve a nadie,
más bien es posible empuje a unos cuantos,
servirá de excusa para las tardes tristes
y será conveniente con un café,
convencerá con el humo de un cigarrito
y confirmará la soledad de los días.
Afirmará tantos miedos ocultos y olvidados.
A lo mejor no es uno de esos de los que ascienden,
seguramente bajará peldaños hacía el vacío y el silencio.
Sus pretensiones seran las huellas del viento, a lo mejor.
Para obtenerlo es necesario una medida de tristeza,
media de amor, un cuarto de desesperanza y un octavo de de dolor.
Una vez se pone todo junto, realidad e imaginación caminan
de la mano. Estrechando con fuerza la rabia de los muertos
vivientes con los mimos de la calle, doblando cada uno de
los sentimientos, quebrandolos una y otra vez hasta hacerlos
cenizas.
Defendiendo nada y más bien poco, defendiendo lo indefendible
aferrandose a lo inocuo, ahogandose con gracia, pudriendose con voluntad propia.
Detallando la muerte misma, sentada frente a un espejo.
Implicando a los desentendidos, a los callados.
A los que la voz se la quitó la brisa, los muertos o los ancianos.
¿Pero ofrecer?
De eso si no se tiene un carajo
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