Juanete

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martes, 23 de agosto de 2011

Wayne


Lo juro fue una historia de Wayne.

Cerca de la media noche, con ese invierno pesado
que estaba por todas partes sitiamos el pueblo.
Yo me paré frente a la iglesia, me persigné y
me volví para apreciar la paz que flotaba y la nieve que caía.
Mis hombres, quince a izquierda y quince a derecha me miraban
con los ojos abiertos como perros sabuesos.
-¡Traiganlos, ahora!-
dieron media vuelta y corrieron hacía las casas donde esas pequeñas
ratas dormían. Los que se quedaron cuidando de mí alzaron sus rifles
y los descargaron iluminando la oscuridad de la noche.

Las luces se empezaron a encender mientras traían a los miserables a mis pies.
A la distancia se escuchaban gritos de muejeres y llantos de niños mientras
mis hombres arrastraban a los traidores sobre la nieve.

Una vez los tuve a todos frente a mí, les leí los derechos que el
Quinto Estado del Barbarossa les otorgaba en calidad de traidores a
la patria. Una vez terminé de leer ese cuento infantil para señoritas,
di la orden para que se formara un pelotón dandole la espalda la
sublime puerta de antaño, que protegía del frío a la sagrada Iglesia
del Kiev, que tanta mística la rodea. Por eso mismo quise que fuera aquí.
Para que Dios viera que existen hombres como yo que luchamos por hacer
de su creación, la más perfecta obra de arte. Así, si morimos, se nos abrirán
las puertas del reino celestial por haber dado lo mejor de nosotros por el futuro
de nuestra nación, por nuestras familias y por Dios.

¡Sentenciados!
Siguiendo el estatuto firmado en la ciudad de Legrad,
el día 22 de Enero de **62 se prosigue con la ejecución
haciendo uso de los medios con los que se valga la
muy honorable y respetuosisima autoridad que para el caso
de ustedes se encarna en mi persona.
Por consiguiente, siendo fruto de mi decisión, ordeno
a mis hombres de confianza que abran fuego cuando lo indique
y como muestra de misericordia, les pediré que apunten a los cráneos
primero, para no tener que presenciar ese macabro gemir de un
cuerpo moribundo mientras se desangra.
No habiendo más recomendaciones, ni nada más que agregar...
Los sentenciados pueden decir sus últimas palabras.
...

Muy conmovedor, si tuviera esa cosa que llaman corazón en el pecho.
Pero como bien se sabe, un buen soldado del régimen no ríe ni llora.

¡Atención!
¡Carguen!
¡Apunten!
¡Fuego!

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