La llama dentro del vaso alumbraba pobremente la azotea en la candelaria.
El frío debería estar por ahí pero no lo recuerdo tanto. Recuerdo cuando el sol se iba hundiendo -si Federico- en el horizonte y como esa cerveza se metía entre mis ideas y las bobadas que decía. Y para cuando el sol se había hundido del todo, y la oscuridad y el silencio se apoderaron de los espacios que no ocupabamos -que eran muchos supongo- lo mejor de esa galanería rechinante y trastocada, recorrida y abusada se alineó para dar en el blanco que se abría como una diana frente a mí. La propuesta, dame un beso. Y la respuesta, malditos días aquellos, en su momento no me disgustó. Pero una vez se acaba todo y queda ese óxido sobre lo que fueron superficies pulidas, es posible analizar con sensatez los episodios quemados. La respuesta entonces fue -si te dejas sorprender- brígido -en su momento- pero estúpido -siendo honestos-. Como será posible que ante la naturaleza del encuentro. Del episodio, con el hambre de lo que fuera querer, con tantos cuchicheos aquí y allá, después de canciones repetidas y reregaladas, después de timidas sonrisas, después de tanto, o más bien poco, después de lo que quizá no haya sido y fuera, habiendo gastado alrededor de 4 horas y dinero en cuantía diciendo sandeces, quizá quizá ese beso sería lo único que no sorprendería en la noche que se derramaba sobre las pieles pálidas. Y entonces, la manía -maldito pirulín- de actuar un poco en situaciones incomodas, o de actuar incomodo en pocas situaciones -ya ni recuerdo que macana quería decir- me arrastra obligado y sumiso a fingir sorpresa una vez puso sus labios sobre los míos -por fin carajo!- Y ahí empezó la cadena de malas decisiones. Seamos honestos, quién finge un beso, finge un amor.
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