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miércoles, 17 de agosto de 2011

Huesos

La llama dentro del vaso alumbraba pobremente la azotea en la candelaria.
El frío debería estar por ahí pero no lo recuerdo tanto. Recuerdo cuando el sol se iba hundiendo -si Federico- en el horizonte y como esa cerveza se metía entre mis ideas y las bobadas que decía. Y para cuando el sol se había hundido del todo, y la oscuridad y el silencio se apoderaron de los espacios que no ocupabamos -que eran muchos supongo- lo mejor de esa galanería rechinante y trastocada, recorrida y abusada se alineó para dar en el blanco que se abría como una diana frente a mí. La propuesta, dame un beso. Y la respuesta, malditos días aquellos, en su momento no me disgustó. Pero una vez se acaba todo y queda ese óxido sobre lo que fueron superficies pulidas, es posible analizar con sensatez los episodios quemados. La respuesta entonces fue -si te dejas sorprender- brígido -en su momento- pero estúpido -siendo honestos-. Como será posible que ante la naturaleza del encuentro. Del episodio, con el hambre de lo que fuera querer, con tantos cuchicheos aquí y allá, después de canciones repetidas y reregaladas, después de timidas sonrisas, después de tanto, o más bien poco, después de lo que quizá no haya sido y fuera, habiendo gastado alrededor de 4 horas y dinero en cuantía diciendo sandeces, quizá quizá ese beso sería lo único que no sorprendería en la noche que se derramaba sobre las pieles pálidas. Y entonces, la manía -maldito pirulín- de actuar un poco en situaciones incomodas, o de actuar incomodo en pocas situaciones -ya ni recuerdo que macana quería decir- me arrastra obligado y sumiso a fingir sorpresa una vez puso sus labios sobre los míos -por fin carajo!- Y ahí empezó la cadena de malas decisiones. Seamos honestos, quién finge un beso, finge un amor.

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