Juanete

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lunes, 31 de enero de 2011

Un Imbécil

 

Voy a escribirte que voy a escribirte.

La tardecita está gris y el granizo se estrella contra las ventanas, las goticas cantan mientras se explotan contra todo. Todo y tengo una gotera encima, no una de verdad. Una de esas que me imagino yo -cuando imagino-. Esa gotera sólo sabe darme preguntas que me mojan y entonces siento frío -cuando siento frío- y muy mojado y muy frío entiendo que pasa y que pasará -cuando pase- Definitivamente yo sólo soy astuto en algunas cosas. Cuando me pongo de poeta me pongo de imbécil. Imbécil porque no entiendo mucho una cosa contra otra. No veo tantos números como dibujitos curiosos y no dejo de volar más allá de donde se devuelve el viento -cuando se devuelve- pero digo imbécil porque eso pensaría quien me viera enmimismado. Como ahora. Puesto de imbécil. Calificativo que no me ofende, más bien me enorgullece, ¿¡imbécil yo, por amar el arte en mil formas, olores y colores, imbécil por sentarme a desnudar mi alma huesuda mientras esculpo un David sobre granito de fibras con un cincel de tinta!? ¡Sí y muy imbécil! Imbécil tan imbécil que no entendí esas goticas que eran ríos de plata que bajaban por tus mejillas, como lunas llenas en las noches de mi verano frío y sólo. Lunas que iluminan el mar de mis treintaytres -como si supiera yo donde termina mi 31 y comienza mi 32- y flotan en la espuma antes de llegar a mar abierto y ahogarse fundidas en el sueño profundo profundo del negro abismo que separa nuestra piel. Y justo antes de ahogarse gimen mientras mueren y ese gemido, el de la espuma y la mar, por alguna razón que fijo fijo la física es capaz de explicar -la verdad no soy muy bueno en física- sólo llegan hasta mí como un murmullo que trae el mar desde donde el sol brilla de día y Karen brilla de noche.

Y dirás que le doy vueltas y sí. Le doy muchas. Porque no? todo es tan rápido que mi estúpida -estúpida porque insisto, sólo en algunas cosas soy astuto, en otras definitivamente no- rebeldía me habla al oído y me pide que use sombrero, que toque armónica y escriba despacio, lento muy lento. No sé porqué. No siempre pregunto mucho. 

Y después de quemarme una que otra neurona, -a decir verdad no fueron pocas- vine a enterarme por este estúpido feizbuc que cumples años y ¡yo! despistado, englobado y olvidadizo me siento debajo de la gotera que me martilla los sesos.

Y por un momento dejo de estar aquí. Mi cabecita que es como una cajita de sorpresas me deja el estuche. Y se lleva mi mente y mi alma al otro lado del mundo donde no sé que día es ni que hora será, pero sí sé que hace sol, mucho sol y yo me siento a tu lado. Hay una pradera donde hace frío y sólo están brillando tu sonrisa y el sol, ese que sé -porque lo sé- que se refleja en tus ojos. Y por un momento te veo tan cerca que el tiempo se detiene y sigue detenido mientras te escribo que te escribo.

miércoles, 12 de enero de 2011

Algún recuerdo que se olvidó

 
 


El viento se llevó hace poco, una bocanada de arena.
Arena pura y fina
que estaba por doquier.
Arena que se levantaba detrás de los pasos extraños
de personas ajenas a estas tierras.
Personas que traían bestias en los hombros.
Bestias que rugían por las selvas y terminaron aquí.
En la placita de nuestro pueblo.
Bestias que abrían sus bocas para silenciar almas.
Para causar tristeza y desolación.
Escupían su veneno que perforaba las carnes.
Y al malaventurado que se interponía,
le helaba la piel, la sangre y los huesos.
Y aquel hombre, caído en desgracia,
hacía retumbar la tierra y un temblor imperceptible
golpeaba las puertas cerradas anunciando otra caída.
Otra muerte.
Y así fue pasando, el tiempo hasta que no hubo más nada que contar.
Ni muertos ni granos de arena.

A mi me da tristeza contarle esta historia.
Pero esa es la razón por la cual aquí no hay arena.
Porque alguna vez las bestias llegaron apagando la vida.
Y como la arena si tiene pa’ donde ir, a donde se la lleve el viento,
Ni corta ni perezosa se fue y nos dejó sólo a los muertos.