Juanete

Páginas

sábado, 26 de marzo de 2011

Apreciaciones inmediatas de FF.COPPOLA

 

La cabeza nublada, la mente ciega.
El humo subiendo en vuelticas hacia el techo.
La pradera infinita con el sol resuelto.
Las copas de los robles meciéndose.
El viento sopla rabiosamente y se estrella contra la ventana.
Apenas refleja el sol.
apenas se ve más allá de ese silencio impoluto.
La sangre ya se seca.
La vida se esfuma.
Y aquí sigue sentada la duda.
La prueba eterna.
La tristeza absoluta.
La calma que no llega. Las voces que no callan.
El plomo se esconde bajo las yemas,
entre las uñas la tierra recién escarbada.
La madera brilla dorada,
mientras la tarde se aleja en el sufrimiento viudo de una mujer
que no deja de sufrir. Que no para de llorar.

Nihilista consumido

El silencio envuelve lo que el vacío no atrapa.
sube por la niebla y se mezcla con la calma
se cubre; se tapa
sube baja
Ríe, llora, canta.
No temas, la luz siempre sana.
No temas, la noche siempre acaba.
sin infinidad, sin espacio.
Sin miedos, sin presagios.
Más allá del sol, más allá de los años.
No quieras que te bese, créeme soy de los que hacen daño.

Cuentos de trincheras.

 

El horizonte está marchito como nuestros uniformes,
pintados con esa alegría que puede traer el barro de las trincheras.
El cielo, manchado no ofrece nada, no me ilusiona tanto como ayer,
quizá porque cuando la realidad humana alcanza el piso, cuando se viste
de soldado y dispara ráfagas de odio contra pechos de padres e hijos,
quizá es ahí cuando la vida pierde el único sentido que puede llegar a tener.
Amar y ser amado.


La mañana sigue y el frío se cuela por las costuras. Lo siento furioso subiendo sobre mí.
Al mediodía tenemos que dominar el cerro. Pero no sé con que. Mi cuerpo apenas lo puedo llevar de un lado para otro y mi mamá me recuerda en la abstracción de mi ser que definitivamente no es nada bueno, esto de jugar a la guerra. Eso de ver morir a nuestros padres y hermanos, en tumbas cavadas por nuestras manos, jugar a los rudos cuando ninguno de nosotros aguanta más de una 7.76 entre las cejas. Eso de los rudos cuando ninguno de nosotros podría pisar una mina sin elevarse por los aires y desintegrarse en el espacio. Pero somos rudos. Y el cerro hay que tomarlo. Y aún no sé con qué.


Llega el mediodía y si hemos avanzado sobre la falda, no es más de lo que un niño nervioso podría hacerlo en su primera cita. La balas zumban por nuestras cabezas y yo quisiera que todo se acabara ya mismo. Que perdiéramos o ganáramos. Al fin da igual. Los muertos no los devuelve nadie. Pero mi sargento Hartman asegura que parecemos niñas asustadas, y a decir verdad, no lo he visto subir más de 5 metros desde que se abrió fuego. La vida es un juego. Y hoy quiero jugar Poker. Miento, y lo hago conmigo mismo.


Cerca de las 3 de la tarde estoy desesperado. No aguanto más el frío, y busco acabar pronto con ésto. Levanto mi casco por encima de los  sacos de arena agujereados que habíamos preparado con un esmero adoptado. Por primera vez desde que abandoné mi casa, en esa tierra soleada, tengo tanta claridad. Espero con sigilo. Alguna liebre tendrá que asomarse. Y ahí está. Antes de que reaccione, yo ya he envuelto en una tragedia a su niño de 9 años y a su princesita de 5. Ambos lo esperan y yo sé que ya no llegará. Supongo que soy muy valiente. Con el rabo del ojo veo un movimiento torpe; una nueva madre soltera en el mundo cuando la sangre ha dejado de brotar. Y entonces, como todas las historias tristes, tarde o temprano se acerca un final. Y el mío afortunadamente lo miro a los ojos. Ojalá sepa que Mary y mi mamá no celebrarán ésta navidad. Ojalá piense en ellas mientras yo simplemente me caigo lentamente y veo como mi sangre mancha tanto barro, tanta maldición regada. Siento que soy una pluma y no tengo miedo. El frío se fue y hay mucho silencio. Hartman grita y yo no escucho nada. Sólo veo como abre sus ojos y me mira con espanto. Yo quisiera guiñarle, pero entonces sé que estoy muy lejos.


Y de como terminé aquí sentado frente a la piscina, bueno en realidad eso no lo sé.

Y nunca apareció

 

El momento esperado.
La ansiedad se envuelve en mí como una pitón,
como una boa constriñendo todo mi cuerpo.
Pero mis labios están calmos y pacientes.
La palabra precisa se me perdió
y corro como loco buscándola.
Quisiera encontrarla antes de que note mi presencia.
Quizá ya sabe que estoy aquí.
Quizá sólo me quiere torturar un poco,
y se ríe de como escarbo mi cabeza
como un niño su baúl de juguetes.


Pero yo no busco un simple títere.
Yo busco un motivo, una razón.
Busco algo que me permita hallar,
lo que ella me robó
quizá también sin notarlo.
Quizá lo notó tanto que bien lo escondió.


Disimulo, no hay delator.
Soy la viva muestra de la imprudencia.
Pero, ¿igual que?
Confiesa.
Ante la duda, cariño.
Que puedo hacer sin tu incertidumbre


Un paso arriesgado. Como todos en esta cadena.
Acto tras acto,
la escena sólo puede resultar bien.
Determinante.
Esta obra la escribimos juntos.
Yo he escrito una comedia,
y de tus líneas puede salir una tragedia.


En esas líneas que por obligación escribirás.
-Porque tus movimientos en éste mundo tejido
alguna fibra habrá de hacer vibrar.-
Dirán claramente si nuestra audiencia,
que somos tu y yo en distintos momentos,
preferirá llorar por encima de reír.
Preferirá huir por encima de celebrar.


Sólo un par de líneas y nuestra fugaz epopeya
sería una inútil adaptación de la Ilíada.
Y ¿para nosotros qué?
Para nosotros C, quedan dos cosas.
El silencio.
Y el fantasma del minuto que pudo, pero no fue.

miércoles, 23 de marzo de 2011

La espera

 

El corredor está bien poblado.
Parece casi una reunión de muertos vivientes,
de ser así yo sería el aparecido,
tengo una herida profunda en el cuello,
Tengo un amazonas carmesí que surge de mí.
Pero aquí hay gente con los sesos colgando.

Si, sí ya sé que hay que esperar.
Si sí a mi me parecía grave,
pero no sabía que en esas academias de seguridad privada,
también enseñen, además de como llevar un arma,
a hacer exámenes complejos de manera tan aguda,
sea el caso de las tomografías, radiografías,
y Dios me perdone, una que otra colonoscopía.
Y sabrá usted en que más ías se especializó
cuando iba a la academia.

Si, sí con la aromática me siento mejor,
definitivamente el hilo carmesí que corre por mi camisa
ha dejado se ser tan torrentoso.
Siempre he oído que las plantas son milagrosas.
Y detener una hemorragia, para cambiarla por un leve mareo
me parece digno de las más elevadas artes curativas.

Ahora bien, el mareo está por todas partes y los muertos vivientes,
¡se ven tan asustados!
¡si tan sólo supieran que casi se ven morir!
Ahora siento que se me va el aire,
pero no me preocupa, la señorita dijo que ya estaban rectificando mis datos,
y como ya no sangro tanto, no me asusta.

El doctor ya casi sale, joven
Gracias, aunque ahora que lo dice,
me siento viejo, mucho.
Porque la veo borrosa
y apenas si la escucho.
La aromática se me salió mientras bajaba por la herida.
Tengo frío y empiezo a temblar, creo que necesitaré otra aromática.
Una cargadita porfavor.

Creó que cambié de parecer y quiero dormir un poco.
Sé que hay personas que tienen documentos más urgentes,
con nombres más bonitos, y yo que siempre he sido un caballero,
cederé mi turno, ya que no le temo a la muerte.
Además señorita, confío en usted y en este país que tanto he amado,
Así que no se moleste, atienda primero un par de santos,
que los ángeles me esperan y quisiera despertar cuando el doctor
ya se haya desocupado.

martes, 22 de marzo de 2011

Sentados en el lago.





La luna se asoma nerviosa por entre las nubes,
mientras que nosotros nos escondemos en un hueco que hay en el vacío.
El silencio que impregna los momentos raros se puede partir en dos,
eventualmente un pedazo será tuyo. El otro es mío.

Y como si supieras lo que te corresponde, me miras y tocas mis labios.
Tú, tan seca, tan disciplinada, tan fría, me miras y te beso.
Me alejas un poco, me tomas la mano, los pocos grados bajo cero se han ido.
Caminamos juntos rompiendo la bruma de la noche.

Subimos los peldaños de madera, tengo nervios y tu te ríes.
abres la puerta del teatro, los chasquidos anuncian nuestra llegada.
Te siento cerca y busco tu piel.

Somos un vórtice, giramos, nos detenemos, seguimos.
Te deseo más que nunca y entonces sobreviene le petit mort.
Y el segundo impávido se extiende y somos uno por un instante,
de momento viajamos a una tarde de verano frente al lago en que te conocí.
Tenemos los pies en el agua y me pierdo en el verde de tus ojos. Esa tarde te diría
que nadaras conmigo, y desde ahí sabría que el pez soy yo y el anzuelo lo pones tú.
Otra vez frío. Te abrazo, te duermes sobre mí. Te siento tan delicada, como imagino
serias antes de empuñar el fusil, antes de que te rompieran el corazón y te lo dejaran
con bordes afilados, cortándome, desangrándome. ¡Los pájaros cantan!

Tenemos que huir. El amanecer se acerca y no habrá entonces cómplice.  No habrá quien cubra nuestros pasos mientras huimos por el bosquecito hasta llegar a nuestras cabañas. Te beso y te visto con torpeza. Salimos asustados, aturdidos, buscamos el norte para llegar al sur. Por fin entro a la casa. Duermo un par de minutos, dos horas más tarde estaré sentado bajo el sol extrañándote. Buscándote en una ciudad donde no estas, pintando un paisaje en el que no caben tus colores. Sabiendo que lo más probable es que el destino nos aleje cada día más. Y entonces,¿yo que hago con tus huellas? Y desde entonces te retrato antes del amanecer, sólo para saber que llevo tu estrella en mi.

jueves, 17 de marzo de 2011

Vicario


Yo camino por esas calles viejas, recreando los buenos tiempos que se fueron
O quizá los imagino. Porque cuando me esfuerzo mucho en imaginar, termino por
inventarme las historias.

El callejón está sólo y siento que atravieso un portal. Del otro lado la calle está
soleada. Está fresca y ya me siento otro. Doy vueltas sin saber porqué ni para qué.

Me detengo. Laura me llama. -Si, sigo aquí, veámonos- la verdad es que no he tenido
muchos otros sitios a donde ir. Soy huérfano de destino y cualquier puerto es bienvenido.

El cielo tan azul hace que me pregunte cosas que no me van a dejar en paz.
-En agua está bien señor, muchas gracias-
Me pierdo en una lectura que me apetece importante y ahí aparece Laura,
tan alejada y distante. Tan lejos; tan ella.

Estoy sentado en este sitio que por alguna rareza me parece muy cómodo.
Muy ajustado a mi. Aunque desde entonces no tengo a qué ajustar.

Laura va Laura viene.

Se va. Yo ya me había ido hace mucho.
Es difícil para mí estar aquí. Porque de momento
tengo un espíritu de helio que sino se amarra se eleva,
hasta que abro los ojos y caigo en un santiamén.
Por eso los ojos los abro de noche.
Por que de día la ciudad es más bonita desde arriba.
Igual así quisiera, se me cierran solos. Y es que ahora
hay tanto de mí que ya tiene voluntad propia.

Camino por las callecitas y viene Dante. Tan señor importante y fuerte
tan sonriente y feliz. Yo apenas me le abalanzo a abrazarlo y él se ríe.
Siempre que lo veo lo veo sonriendo. Es un ángel. Sigo deambulando
más sólo que antes. Más sólo que nunca y quiero volver.
Pero ahora recuerdo bien que la puerta se cerró conmigo afuera. Y entonces
llamo al otro lado del mar y casi llorando pregunto y como carajos voy a volver?. Y esa voz que tantas noches me ha trasnochado me dice entre sollozos; si volvieras, no te habría enterrado.

sábado, 5 de marzo de 2011

Acio

 

Salvoconducto para portar armas.

Sin ser resueltamente de un calibre superior al de una mentira que se disfraza de mujer cada día, cada noche.

Apunta con su mirilla a un objetivo tosco y casi que primitivo. Un objetivo que sin duda alguna es fácil. No porque la munición sea inmaculadamente efectiva, ni porque los dotes de su precisión conviertan el juego en un asunto de apuntar y matar. No es por eso. Es porque lo que está al otro lado del cañón, lo que se dispone a recibir la ráfaga de muerte se voltea y muy consciente aprieta el paso y hace lo inevitable más cruel y doloroso. Se acerca y se acerca.

Llega al punto en el que la palabra quemaropa fácilmente se traduce a quemapiel. Al punto en el que la pólvora de su fuego se convierte en latigazos para su ingenuidad, esa misma que se ha venido desangrando desde que decidió mirar de frente su destino. Su verdugo. 

Y estando al alcance de un dedo, tan cerca que por momentos parecen uno, ella, muy firme y decidida lo aleja más allá de lo que la imaginación alcanza. Lo empuja de nuevo al pedacito de infierno del que salió. Crónica de una muerte anunciada. 

Él conocía el desenlace de la historia. Nada fue novedad. Mientras caía a lo más profundo de la inconsciencia, para no volver de ese lugar oscuro nunca más, él, infantil, sonríe y se deja caer en paz, tranquilo mientras pasa su tormento. Tranquilo sabiendo que algún día será él quien decida cuando desea morir.

viernes, 4 de marzo de 2011

22

 

Por la 22 pasa una ambulancia

y yo estoy en una terraza chupando frío y viendo nubes grises que se abalanzan sobre una ciudad mezquina. Los edificios con cáncer están tirados sobre la mesa y la soledad me hace bien, soledad figurada porque siempre queda la buena compañía. La música aleatoria me atrapó. En un  momento único que me atrevo a plasmar aquí; las sirenas que dicen para mí que la vida se nos va, retumba de fondo contra una magistral obra de Clint Mansell como cuando él mismo me contó que la vida se nos vuelve pedazos sin siquiera saber como ni porqué. Clint aparece como un fantasma translucido que cruza mi sala en las noches de tranquilidad. Y yo a Anita aprendí a amarla. Fantasma y todo, haciéndome pendejadas la amo. Pero Clint viene a abofetearme,  a recordarme que la vida es una conexión finita de momentos que se queman y se vuelven volutas de recuerdos -como amo esa palabra-  y yo sigo tiritando y mi egocentrismo aparece: Clint dice the Last man mi ego responde algo que mi vida respalda. El último hombre de mi vida fui, soy y seré yo.