Quizá la tarde está gris.
A lo mejor es una mañana soleada.
El día puede ser sábado
O bien un domingo feliz.
Y mientras se terminan de definir,
esos rasgos tuyos,
la hebrea termina su té.
Quiebra el terroncito de azúcar.
Tres partes iguales.
Una para los muertos.
Una para un Dios que no vive en los cielos.
Y la otra termina bajo sus yemas.
Como lo disfuta.
Dios toma su parte -Siempre toma lo suyo, siempre-
Incluso sin estar en el cielo.
¡Pero los muertos!
Los muertos nunca se llevan nada.
Y lo dejan todo.
La osamenta pesada.
Los recuerdos laureados.
Las historias que nuestras hebreas aún no han superado.
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