Juanete

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martes, 3 de mayo de 2011

Cubitas

Escribiré unas pocas líneas. Unas líneas de afán que primero me leyeron a
mí y luego las escribí. Yo a ellas.
La noche se explayaba como una sabana oscura sobre el mundo.  Sobre el mío.
Las bocanadas de humo contrarestaban el frío que se rompía sobre mí.
El viento se iba, y mientras que lo hacía yo le daba un poco de mi alma
para que se la llevara lejos. Para que tocara esos cuerpos ajenos.
Esos ojos que no me miraban en esa noche. Para que inundara la vida de alguien.
Así fuera por un instante, alguno tan pequeño y fugaz como el mismo que sacaba
de mí la esencia del tabaco quemado. Mientras esa promesa se disolvía con la brisa, que furiosa se arrancaba lejos de mí, yo sostenía en la mitad de la noche
ese incienso de vacío. Ese puntero de paz. Y la paz de momento a otro se arremolinaba sobre mí. Me daba vueltas y me sentía entonces como un bucanero que camina sobre su barco mientras rodea el cabo de buena esperanza en una noche fría. Como la mía. Con una brisa alebrestada. Como la mía. Y entonces tomé el incienso de estrellas y lo alejé de mi cabo y de mi esperanza. Que para entonces no era buena y de un puntapié cruzó la calle. Entonces me devolví sobre mis pasos, recogiendolos uno a uno y cuando dominaba la cumbre de mi camino,
sobrevino la tragedia y vi como mi humanidad salía por mi boca con un sonido sordo que de momento me daba tranquilidad y  me dejaba en el piso indefenso. Mareado y con la plena seguridad, de que la paz está metida en alguna parte de mis entrañas y que cuando se marea, se sale por donde vino sólo para hacerme sentir lo humanisimo que soy.

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