Juanete

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viernes, 4 de marzo de 2011

22

 

Por la 22 pasa una ambulancia

y yo estoy en una terraza chupando frío y viendo nubes grises que se abalanzan sobre una ciudad mezquina. Los edificios con cáncer están tirados sobre la mesa y la soledad me hace bien, soledad figurada porque siempre queda la buena compañía. La música aleatoria me atrapó. En un  momento único que me atrevo a plasmar aquí; las sirenas que dicen para mí que la vida se nos va, retumba de fondo contra una magistral obra de Clint Mansell como cuando él mismo me contó que la vida se nos vuelve pedazos sin siquiera saber como ni porqué. Clint aparece como un fantasma translucido que cruza mi sala en las noches de tranquilidad. Y yo a Anita aprendí a amarla. Fantasma y todo, haciéndome pendejadas la amo. Pero Clint viene a abofetearme,  a recordarme que la vida es una conexión finita de momentos que se queman y se vuelven volutas de recuerdos -como amo esa palabra-  y yo sigo tiritando y mi egocentrismo aparece: Clint dice the Last man mi ego responde algo que mi vida respalda. El último hombre de mi vida fui, soy y seré yo.

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