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sábado, 5 de marzo de 2011

Acio

 

Salvoconducto para portar armas.

Sin ser resueltamente de un calibre superior al de una mentira que se disfraza de mujer cada día, cada noche.

Apunta con su mirilla a un objetivo tosco y casi que primitivo. Un objetivo que sin duda alguna es fácil. No porque la munición sea inmaculadamente efectiva, ni porque los dotes de su precisión conviertan el juego en un asunto de apuntar y matar. No es por eso. Es porque lo que está al otro lado del cañón, lo que se dispone a recibir la ráfaga de muerte se voltea y muy consciente aprieta el paso y hace lo inevitable más cruel y doloroso. Se acerca y se acerca.

Llega al punto en el que la palabra quemaropa fácilmente se traduce a quemapiel. Al punto en el que la pólvora de su fuego se convierte en latigazos para su ingenuidad, esa misma que se ha venido desangrando desde que decidió mirar de frente su destino. Su verdugo. 

Y estando al alcance de un dedo, tan cerca que por momentos parecen uno, ella, muy firme y decidida lo aleja más allá de lo que la imaginación alcanza. Lo empuja de nuevo al pedacito de infierno del que salió. Crónica de una muerte anunciada. 

Él conocía el desenlace de la historia. Nada fue novedad. Mientras caía a lo más profundo de la inconsciencia, para no volver de ese lugar oscuro nunca más, él, infantil, sonríe y se deja caer en paz, tranquilo mientras pasa su tormento. Tranquilo sabiendo que algún día será él quien decida cuando desea morir.

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