El horizonte está marchito como nuestros uniformes,
pintados con esa alegría que puede traer el barro de las trincheras.
El cielo, manchado no ofrece nada, no me ilusiona tanto como ayer,
quizá porque cuando la realidad humana alcanza el piso, cuando se viste
de soldado y dispara ráfagas de odio contra pechos de padres e hijos,
quizá es ahí cuando la vida pierde el único sentido que puede llegar a tener.
Amar y ser amado.
La mañana sigue y el frío se cuela por las costuras. Lo siento furioso subiendo sobre mí.
Al mediodía tenemos que dominar el cerro. Pero no sé con que. Mi cuerpo apenas lo puedo llevar de un lado para otro y mi mamá me recuerda en la abstracción de mi ser que definitivamente no es nada bueno, esto de jugar a la guerra. Eso de ver morir a nuestros padres y hermanos, en tumbas cavadas por nuestras manos, jugar a los rudos cuando ninguno de nosotros aguanta más de una 7.76 entre las cejas. Eso de los rudos cuando ninguno de nosotros podría pisar una mina sin elevarse por los aires y desintegrarse en el espacio. Pero somos rudos. Y el cerro hay que tomarlo. Y aún no sé con qué.
Llega el mediodía y si hemos avanzado sobre la falda, no es más de lo que un niño nervioso podría hacerlo en su primera cita. La balas zumban por nuestras cabezas y yo quisiera que todo se acabara ya mismo. Que perdiéramos o ganáramos. Al fin da igual. Los muertos no los devuelve nadie. Pero mi sargento Hartman asegura que parecemos niñas asustadas, y a decir verdad, no lo he visto subir más de 5 metros desde que se abrió fuego. La vida es un juego. Y hoy quiero jugar Poker. Miento, y lo hago conmigo mismo.
Cerca de las 3 de la tarde estoy desesperado. No aguanto más el frío, y busco acabar pronto con ésto. Levanto mi casco por encima de los sacos de arena agujereados que habíamos preparado con un esmero adoptado. Por primera vez desde que abandoné mi casa, en esa tierra soleada, tengo tanta claridad. Espero con sigilo. Alguna liebre tendrá que asomarse. Y ahí está. Antes de que reaccione, yo ya he envuelto en una tragedia a su niño de 9 años y a su princesita de 5. Ambos lo esperan y yo sé que ya no llegará. Supongo que soy muy valiente. Con el rabo del ojo veo un movimiento torpe; una nueva madre soltera en el mundo cuando la sangre ha dejado de brotar. Y entonces, como todas las historias tristes, tarde o temprano se acerca un final. Y el mío afortunadamente lo miro a los ojos. Ojalá sepa que Mary y mi mamá no celebrarán ésta navidad. Ojalá piense en ellas mientras yo simplemente me caigo lentamente y veo como mi sangre mancha tanto barro, tanta maldición regada. Siento que soy una pluma y no tengo miedo. El frío se fue y hay mucho silencio. Hartman grita y yo no escucho nada. Sólo veo como abre sus ojos y me mira con espanto. Yo quisiera guiñarle, pero entonces sé que estoy muy lejos.
Y de como terminé aquí sentado frente a la piscina, bueno en realidad eso no lo sé.

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