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martes, 20 de septiembre de 2011

Artistas

El alba despunta con firmeza y calma,
se va asomando con cautela por encima de
las colinas. Iluminando esas calles que
ayer fueron campos de guerra.
Trincheras con niños y sirenas.

Y mientras sube a mi piso
como si se tomara la molestia de repasar
los peldaños que yerguen esta torre.
-Como en días pasados, que desde lo que
son hoy mis ventanas dejaban caer balas
sobre cuerpos de adolescentes que juegan
a la guerra.-
Va iluminando esta sala.
Esta bodega donde estamos Joseph con sus siete mil robles,
Marcel con su escalera de vidrio,
Tristan con sus veinticinco poemas
y yo, bueno yo que no tengo aún nada.
Sólo esta bodega.

Cuando empieza entonces a rayar las caras
la luz y el brillo,
dejamos la inmovilidad de lado
cada uno vuelve a su naturaleza móvil
y arrasatra sus propiedades
-por supuesto yo no puedo entonces fumo-
y las deja descansar para que no se mareen.

Eventualmente, entre mover y reposar pasa el día.
Y para el anochecer, suele ser Duchamp,
Pregunta, ¿y mañana qué?
Mañana, volver a nacer y perder.
responde Tzar.

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