En el frío icónico y lascivo.
Entre las pulgas del trasnocho
y los piojos de un par de intoxicaciones.
Un puñadito de almendras y ciruelas pasas.
Secas. Tan secas.
Con arrugas y marchitas.
Como las tetas de las ancianas.
Y se maldicen las suertes.
Se cuestionan otras tantas.
¿Para qué?
Para terminar sentados
en esos pupitres viejos y gastados.
Para aspirar líneas de tiza
con billetes de tío rico.
Irónica metafora.
Aquí todos los tíos son pobres.
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