El viento se llevó hace poco, una bocanada de arena.
Arena pura y fina
que estaba por doquier.
Arena que se levantaba detrás de los pasos extraños
de personas ajenas a estas tierras.
Personas que traían bestias en los hombros.
Bestias que rugían por las selvas y terminaron aquí.
En la placita de nuestro pueblo.
Bestias que abrían sus bocas para silenciar almas.
Para causar tristeza y desolación.
Escupían su veneno que perforaba las carnes.
Y al malaventurado que se interponía,
le helaba la piel, la sangre y los huesos.
Y aquel hombre, caído en desgracia,
hacía retumbar la tierra y un temblor imperceptible
golpeaba las puertas cerradas anunciando otra caída.
Otra muerte.
Y así fue pasando, el tiempo hasta que no hubo más nada que contar.
Ni muertos ni granos de arena.
A mi me da tristeza contarle esta historia.
Pero esa es la razón por la cual aquí no hay arena.
Porque alguna vez las bestias llegaron apagando la vida.
Y como la arena si tiene pa’ donde ir, a donde se la lleve el viento,
Ni corta ni perezosa se fue y nos dejó sólo a los muertos.

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